Este es un post sobre unos shorts en los que ni siquiera se nombrarán los inicios, ni el culo. Ni a los tuitstars que hicieron que una vez más batiera récord de tuits en un día. Y ni siquiera sale Barbi.
Este es un post escrito en mi espacio. Mío y solo mío, como ha sido siempre. Un sitio al que solo vengo alguna vez, muy de cuando en cuando a soltar las cosas que me digo a solas. Sí, en público, esa soy yo.
Yo no estoy de acuerdo con Inés. No estoy de acuerdo con Goe, ni con Bio, ni con Xisca, ni con Livia, ni con Javi, ni con Mentiroso. El hecho de que alguien me empiece a pedir los momentos exactos en los que considero que alguien pasa de ser maleducado a ser machista me parece bastante absurdo y risible. Sea maleducada o sea machista, está claro que esa persona es una absurda sin empatía a la que me gustaría que alguien golpeara con un palo en la cabeza a ver si entiende un poco a los demás. Y ya puestos, que fuera yo. Porque realmente llevo muchísima agresividad dentro, desde hace mucho, y me gustaría alguna vez poder ir dando palos en la cabeza a los idiotas. No lo hago por puro condicionamiento, solo de pensar en lo que me iba a decir mi madre al respecto.
Por dentro yo soy una genocida. Y si no lo soy es porque no tengo poder para llevar a cabo lo que pasa por mi cabeza. Y lo más curioso, creo que ahí fuera hay mucha gente como yo. Los que hemos intentado discutir razonadamente con cosas con forma de seres humanos y capacidad de hablar con la empatía de una lechuga y el grado de razonamiento de un ficus. Y creo que dejo mal parado al reino vegetal.
Hay personas que viven por actos de fe. Desconocen lo que está fuera de ellos y les importa un pito conocerlo, comprenderlo o acerca aunque sea un poco la nariz antes de decir que está mal. Esa gente que ve aberrante que dos adultos del mismo sexo se quieran sin reparos. Esa gente que considera que los hijodeputas catalanes deben quedarse en España, como Dios manda. Que ya ves tú la gracia que le tiene que hacer a ningún catalán que los que exigen que se queden sí o sí los tratan de hijosdeputa. La misma que le tiene que hacer a una mujer maltratada que le digan que se quede con su marido, el que le mete de sopapos cuando la falda es algo más corta de lo que debería. Por fresca, por díscola, por puta.
Yo no soporto a esa gente. A esa directamente la elimino de mi realidad para no ir cabreada como una mona por la vida. Lamentablemente la vida me las pone de presidente del Gobierno, ministra de Sanidad o ministro de Justicia. Pura poesía.
Luego hay otros casos. Hay gente que me suele caer bien y en algunas cosas discrepamos. Y podemos discrepar mucho, muy fuerte, muy alto y de forma bastante explosiva. Verbalmente porque, en realidad, yo nunca he pegado a nadie a mala idea en mi vida.
Me he pegado con Xisca, me he pegado con Bio, no me he pegado con Goe porque suele limitarse a agradables conversaciones absurdas y así no hay quien meta controversia, no me he pegado con Inés porque la muy boba me quiere y es capaz de dispararse en un pie por no hacerme sentir mal, me he pegado con Livia y hasta en algún momento he discutido con Ilse, que tiene un índice de tolerancia muy bajo y aún así me sigue tratando bien.
No me gusta el guerrerismo verbal extremo porque muchas veces lo veo mal enfocado, a gente que no merece ese nivel de violencia, y mucho menos a esos niveles. No me gustó Klandestina y su sacar conclusiones vaya usted a saber de dónde, que yo no leí las mismas cosas que ella. No es que me asusten las luchas, pero siempre he considerado que no puedo reaccionar igual si alguien se tira un pedo que si alguien intenta violarme.
No me gusta el victimismo. Y mucho menos cuando uno se enroca y ya no lee, siente ni padece. No me gusta que si alguien te ataca reacciones igual contra esa persona y contra el resto que simplemente dan su punto de vista. Y no me gusta porque eso sí lo he hecho, magnífica herencia paterna que hace que me hierva la sangre y sienta como un ataque hasta que alguien me pida por favor que le pase el pan. Una maravilla.
Creo que mucha violencia verbal se suelta en tuiter precisamente para evitar que toda esa ira la soltemos en las calles. Le deseas todo el mal allí a la gente que no soportas y luego ya sigues en casa sin peligro a un ataque cardíaco por indignación extrema.
Y he tenido parejas con mejores amigos a los que no soportaba, pero no metía a mi pareja en medio porque era algo entre nosotros. Él lo sabía, pero los puñales eran nuestros. Ni para bien, ni para mal. Tampoco me hubiese gustado que el rompiera con un buen amigo suyo porque no nos aguantábamos.
Que te lean mal y responder leyendo mal, no me gusta. Pedir que todo el mundo opine igual que yo, no me gusta. Me gusta que la gente piense, empatice, comprenda. Me gusta pensar que tal vez algún elemento humano, o incluso alguno del reino animal puede ver cómo se tambalean sus muros, igual que hay muchas veces que lo hacen los míos. Pero que mi marca esté aquí y la tuya 2 cm más allá no nos pone precisamente en bandos contrarios.
No me gustan las víctimas. Porque lo he sido, también. Y porque odio mucho más a la gente por ello. Y porque una cosa es que seas una cría de 12 años y otra un adulto hecho y derecho y te victimices solo.
No me gusta que siempre se pida perdón, por todo, no importa la gravedad. Porque deja de tener sentido, porque dejas de valorarte. Porque te pierdes ante los demás y te rebajas a ser siempre el que no tiene razón aunque creas que la tienes. Lo único positivo que saco de hoy, es que has tambaleado esos muros y los has puesto por primera vez en otro lugar.